La Caída Está Cerca Para El Orgulloso y Arrogante Miguel Díaz‑Canel

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La Caída Está Cerca Para El Orgulloso y Arrogante Miguel Díaz‑Canel

“Después del orgullo viene la caída; tras la arrogancia, el fracaso.” Proverbios 16:18‑33

Hay palabras antiguas que no envejecen. Son como campanas que resuenan a través de los siglos, recordándonos que ningún trono levantado sobre soberbia permanece para siempre.

En Cuba, muchos llaman “puesto a dedo” a Miguel Díaz‑Canel, figura que no encarna a la nación, sino a ese partido único que se adjudicó, a golpe de fuerza y silencio impuesto, el derecho de dictar la vida entera de un pueblo. Durante décadas negó otros sueños, otras formas de imaginar la justicia, y convirtió en sombra todo lo que no cabía en su estrecha definición de Revolución.

El tiempo, sin embargo, siguió su curso. Pasó como un águila sobre el mar, dejando atrás promesas rotas y líderes que, en vez de salvar, se alimentaron del poder hasta deformar la prosperidad natural del ser humano. Intentaron ocultar sus riquezas, pero la verdad —como el agua— siempre encuentra una grieta por donde brotar, incluso bajo el peso de la censura y el miedo a nombrar los males.

Hoy, cuando las consignas ya no encienden corazones, cuando el cansancio ha desgastado hasta la esperanza, un rayo tenue se asoma en el horizonte. El pueblo, exhausto de remar sin llegar a la orilla, solo puede soñar. Y en ese sueño deposita lo que le falta de fuerza, incluso en manos del patán de turno, porque ya no queda otra cosa que la fe.

Hemos tocado fondo. Llámalo como quieras: puesto a dedo, dinosaurios, Leviatán, dictadura, PCC. Los nombres son máscaras; la esencia es la misma. Y la Escritura ya lo anunció: “Después del orgullo viene la caída; tras la arrogancia, el fracaso.”

Quien renuncie al poder para estar con los pobres, quien busque el reino del amor, de la paz y de la justicia divina, recibirá todo lo demás por añadidura.

Nosotros, los cubanos de fe, no sabemos cómo ni cuándo. Pero sabemos que será. Lo recibimos en espíritu como algo ya cumplido, porque así obra la esperanza cuando se aferra a lo eterno.

 

Evocación a Bayamo en llamas 

Como si quisiera reencender las hogueras de Bayamo —pero esta vez desde un teléfono móvil— Miguel Díaz‑Canel lanzó en X un tuit que huele a desesperación y a pólvora mojada. En él, dejó caer la insinuación dramática de que preferiría ver la Isla arder antes que imaginarla entregada a los Estados Unidos. Una especie de performance digital que mezcla tragedia griega con berrinche de sobremesa.

La escena, por supuesto, llega justo después de su más reciente pataleta por el secretismo de Estado, donde negó con solemnidad casi teatral estar conversando con instancias del gobierno norteamericano. Una negación tan vehemente que, por pura estadística emocional, uno podría estimar que la probabilidad de que sí haya conversaciones es inversamente proporcional al volumen de su indignación pública.

Si uno quisiera jugar con cálculos poéticos, podría decir que:

  • El nivel de desesperación del tuit ronda un 87 %,
  • La ironía histórica de invocar a Bayamo mientras se apaga el país supera el 92 %,
  • Y la coherencia del mensaje… bueno, esa fluctúa como el voltaje en un apagón.

El resultado es un tuit que no incendia la Isla, pero sí las redes, donde cada frase parece escrita con la misma serenidad con la que un niño amenaza con “irme de la casa” mientras hace la maleta con galletas y un juguete roto.

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